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Juanito en el Annapurna

Luces y sombras. Juanito Oiarzabal y el Annapurna

Reportajes · 23/05/2019

Juanito Oiarzabal tiene una relación complicada con el Annapurna. Lo ha coronado en dos ocasiones y, en cada una de ellas, la montaña le mostró dos caras muy distintas. En ella conoció el éxito y también los momentos más amargos de su carrera. Esta es la historia de Juanito y el Annapunra.

En 1999, Juanito Oiarzabal sólo era conocido por los aficionados a la montaña. De pie en el campo base de la cara norte del Annapurna, podía ver ante sí la montaña que, para bien o para mal, iba a cambiar su vida. Después de dieciséis años escalando ochomiles, aquella era la única cumbre que le faltaba para convertirse en el sexto hombre del mundo en escalar los catorce.

Había dejado para el final, como suelen hacer los pretendientes a conseguir la lista completa, la montaña más peligrosa de todas. Aunque el Annapurna fue el primer ochomil en caer, y además lo hizo al primer intento, su fama es terrible. La cara norte de esta montaña es un caos de rocas, grietas y seracs que cuelgan al borde del abismo y que, de vez en cuando y sin previo aviso, se desprenden y caen por la ladera barriéndolo todo a su paso. Muchas vidas perdidas dan cuenta de la peligrosidad del “la diosa de la abundancia”. Allí, más que en cualquier otro ochomil, la fortuna decide quién vive y quién muere.

Antes del ataque a cima de Juanito ocurrió algo inolvidable para él. Un helicóptero se presentó en el campo base y de él descendió nada más y nada menos que Maurice Herzog, el francés que 50 años antes había logrado la primera ascensión. Venía a desearle suerte y a reencontrarse con su montaña.

Oiarzabal y Herzog en el campo base del Annapurna en 1999

Cincuenta años antes, mientras convalecía en el hospital después de su dramática gesta, Herzog había comenzado a escribir un relato de la expedición que se convertiría en el libro de alpinismo más vendido de la historia: ‘Annapurna, primer ochomil’. Al contrario de lo que suele ocurrir con la mayoría de los libros famosos, la frase más célebre de ‘Annapurna, primer ochomil’, no es la primera, sino la última. Herzog cerró su relato con un enigmático ‘Hay otros Annapurnas en la vida de los hombres’. Lo escribió más como un deseo que como una certeza, pues él aún no podía saber qué le depararía la vida. Tenía 31 años y acababa de perder todos los dedos de pies y manos en una única escalada. Con esa perspectiva, sus próximos Annapurnas se prometían mucho más oscuros que el primero.

Pero no fue así. Maurice Herzog tuvo una vida larga y plagada de éxito. Visto en retrospectiva, el Annapurna fue para él un trampolín, le quitó mucho, pero también se lo dio todo. Cincuenta años después, nada más reencontrase con aquella montaña, el francés le encomendó una misión a Juanito. “Allí mismo tomó su libro y, de su puño y letra, en la última página, escribió un pequeño relato en el que explicaba cómo después de tanto tiempo había comprendido plenamente el significado de su frase. Después arrancó aquella página, me la dio y me pidió que la lanzase al aire desde la cima del Annapurna. Fue muy emocionante”, recuerda Oiarzabal.

Con la responsabilidad de cerrar el ciclo de Herzog con su montaña y, también el suyo propio con los ochomiles, Juanito acometió la ascensión por la vía alemana. No hubo sorpresas, la montaña se portó bien y, el 29 de abril de 1999, a la vez que la última página de Annapurna, primer ochomil se elevaba sobre el Himalaya, Juanito Oiarzabal se convirtió en el primer español y en el sexto alpinista del mundo en lograr los catorce ochomiles. A él, igual que a Herzog, el Annapurna le cambió la vida.

Juanito en la cima de su primer Annapurna

2010, la cara amarga de la diosa de la abundancia

Puede que haya otros Annapurnas en la vida de los hombres, pero nada más acabar sus catorce ochomiles, Oiarzabal decidió que en la suya también cabían otros Cho Oyus, K2, Everest, Kanchenjunga… así que empezó a escalarlos todos de nuevo.

En 2010 se plantó de nuevo ante el Annapurna, una montaña a la que tenía un cariño especial. En aquella ocasión le acompañaban el montañero oscense Carlos Pauner y el mallorquín Tolo Calafat. La suerte, en cambio, no hizo acto de presencia.

Una ventana de buen tiempo hizo que el día de cima los tres se permitieran seguir subiendo hacia la cumbre aunque fuera algo tarde. Aunque después parte de las críticas que recibieron se centraron en la hora de cima, lo cierto es que ese hecho no tuvo ninguna importancia. Como explicaría Pauner más adelante “no había viento, la temperatura era buena, y el pronóstico para el día siguiente era bueno, así que todo estaba atado y bien atado”.

Juanito de vuelta a la montaña

El caso es que los tres consiguieron alcanzar la cima. En las fotos de ese momento no se puede intuir lo que estaba a punto de ocurrir. Aunque todos parecen estar en buenas condiciones y contentos de alcanzar la cumbre, lo cierto es que Tolo Calafat estaba al borde de la extenuación.

En el regreso comenzaron las complicaciones. Para empezar descubrieron que una cuerda que habían fijado a la subida para poder descender rápidamente un corredor, había desaparecido. Al parecer, otra expedición se la había llevado por error. Un error que les obligó a emprender un complicado destrepe con la noche echándoseles encima. Para Pauner y Juanito fue un descenso de ocho horas y media que, sumadas a las de subida, arrojaban un saldo de 20 horas ininterrumpidas de actividad.

Cuando alcanzaron las tiendas del último campo de altura, rotos de cansancio, descubrieron lo que había ocurrido. Hacia las 7:30 de la tarde, Calafat había llamado al campo base al no poder comunicarse con ellos (la única radio de la cordada ese día la llevaba él); dijo que estaba atrapado a 7.500 metros de altura, junto a su sherpa Sonam, completamente agotado e incapaz de moverse.

Calafat pedía que subieran a buscarlo y desde el campo base le explicaban que eso era imposible. Le animaron para que se moviera, para que se arrastrara, para que saliera de allí como pudiera, pero él se veía incapaz de dar un solo paso. La doctora Maria Antonia Nerín, especialista en medicina de montaña, estaba en el campo base; ella cree que Calafat sufrió agotamiento extremo y deshidratación, lo que desembocó en una hipopotasemia. Cuando eso ocurre, los músculos, faltos de potasio, se niegan a funcionar.

Calafat y Sonam vivaquearon juntos hasta que, a las 5 de la mañana, el fiel sherpa descendió hasta el campo 4. Al amanecer, tanto Pauner y Juanito como quienes estaban en el base se dedicaron a intentar conseguir ayuda de otras expediciones. Horia Colibasanu, que dos años antes había arriesgado su vida más allá de lo razonable tratando de salvar a Iñaki Ochoa de Olza en aquella misma montaña, también estaba en el campo 4 y se ofreció a subir. Pauner dijo que él lo intentaba. Juanito tenía los pies congelados y estaba al borde de necesitar un rescate él mismo.

El problema era que nadie tenía oxígeno, y volver a ascender hasta cerca de la cima otra vez, por segundo día consecutivo, era una tarea inhumana que nadie hubiera podido emprender sin esa ayuda. La aparición de un helicóptero adaptado a rescates de altura arrojó un rayo de esperanza, pero llegó demasiado tarde. Aquel día comenzó a nevar y cuando el aparato pudo sobrevolar la zona al día siguiente, ya no había rastro de Calafat.

Pauner y Oiarzabal fueron despiadadamente criticados por la prensa no especializada. Los escritos de los doctores Morandeira y Nerín, que lo vivieron todo desde el campo base y los exculpaban completamente, no sirvieron de nada, ningún medio no especializado los reprodujo. “Trato de no recordar todo lo que viví en esta segunda ascensión. Me marcó… me dieron por todos los lados sin comerlo ni beberlo”, recuerda Juanito.

El Annapurna, que igual que a Herzog se lo había dado todo, le quitó demasiado en su segunda visita.

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Alpinismo Annapurna Juanito Oiarzabal
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