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Naranjo de Bulnes

Historias del Naranjo: El marqués y el Cainejo.

Reportajes · 15/12/2018

La conquista del Mont Blanc en 1786, la escalada del inexpugnable Midi d’Ossau al año siguiente, el intento de Mummery de alcanzar la cima del Nanga Parbat en 1895… la historia del alpinismo está llena de ejemplos que demuestran que el alpinismo es una disciplina singular cuyos protagonistas no entienden de pequeños pasos. El acto fundacional de la escalada en España, en 1904, es otro gran ejemplo de esa manía de “empezar la casa por el tejado”. Y vaya tejado…

El Pico Urriellu (2.519 metros), más conocido como Naranjo de Bulnes es un inmenso colmillo de caliza incrustado en el corazón de los Picos de Europa. No es el monte más alto, ni siquiera en su sector, pero es sin duda el que atrae todas las miradas, la niña bonita del macizo. La culpa de su exagerado protagonismo la tienen sus enormes paredes, increíblemente lisas y verticales. No existe en ellas un solo punto débil que permita alcanzar la cima andando; los pretendientes al Picu deben saber avanzar encordados y escalar a largos, incluso en su vía más sencilla, si quieren apuntarse la cumbre. Es por eso que se la considera la montaña más inaccesible del país, una cumbre exclusiva para escaladores.

Como no podía ser de otra manera, fue precisamente esta montaña, y no cualquiera de sus vecinas más altas y más sencillas, la que atrajo la atención de don Pedro José Pidal, marqués de Villaviciosa, cuando el siglo XX apenas había echado a andar. Hombre inquieto y decidido, Pidal era un gran conocedor de la cordillera, a la que solía acudir de cacería siempre que sus muchas ocupaciones se lo permitían, y cada vez que lo hacía, los imponentes precipicios del Naranjo atraían su mirada y le inspiraban tanto temor como deseo.

Igual que le ocurrió a Saussure cuando por primera vez contempló el Mont Blanc, Pedro Pidal empezó a albergar un deseo incontenible de escalar aquella montaña. Si el noble ginebrino se había escudado en los objetivos científicos de alcanzar el techo de Europa, Pidal escogió el patriotismo como excusa. “¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas si un día llegara a mis oídos la noticia de que unos alpinistas extranjeros habían tremolado con sus personas la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias y en mi cazadero favorito de robezos?”, escribió.

No nos debe extrañar que alguien de su cuna tuviera que recurrir a alguna causa elevada para justificar un empeño tan excéntrico y temerario como el de escalar el Picu. Aún faltaban muchos años para que George Mallory diese con la genial respuesta que, en adelante, serviría para explicar a cualquiera por qué merece la pena escalar una montaña: “porque está ahí”.

El caso es que, ya fuera por ambición personal o por ardor patriótico, Pedro Pidal se puso manos a la obra.

La preparación

En lugar de lanzarse a un intento torpe e improvisado, Pidal planificó su aventura cuidadosamente. En primer lugar acudió a Chamonix para conocer los secretos del alpinismo. Allí tuvo la oportunidad de realizar algunas buenas ascensiones, entre las que destaca la de la Aiguille du Dru. De allí viajó a Londres, donde compró una buena cuerda de pita, el último grito en material de escalada en aquella época. Por último, consciente de que en el Naranjo no se iba a enfrentar con neveros y glaciares como los de los Alpes, sino con áspera caliza de alta montaña, se hizo con unas zapatillas de esparto en la madrileña calle de la Salud.

A continuación, y como era costumbre en aquellos años, Pidal emprendió la búsqueda de un buen guía de la zona que lo acompañara en su tentativa. No tardaron en hablarle de un pastor al que le gustaba trepar por las peñas como si fuera un rebeco; tanto que, aunque se llamaba Gregorio Pérez, en su pueblo lo conocían como “el atreviu”. Teniendo en cuenta que ese pueblo era la aldea leonesa de Caín, de la que se decía que “los hombres de Caín no mueren, sino se despeñan”, aquel mote parecía esperanzador; era evidente que Gregorio Pérez destacaba por su arrojo en un pueblo en el que a nadie le faltaba.

Cuando le avisaron de que el marqués andaba buscándolo, el Cainejo, pues con ese apodo habría de pasar a la historia Gregorio Pérez, se pasó una noche andando por el monte para presentarse ante Pidal al amanecer. Aunque lo llamasen “el atreviu”, el hombre tuvo sus dudas al escuchar los proyectos del marqués; una cosa era andar trepando por ahí y la otra matarse subiendo al Picu, donde “nunca subió arriba naide; pero es que ni los rebecos tampoco“.

En cualquier caso, al día siguiente se pusieron en marcha en una especie de jornada de prueba. Primero subieron a Peña Santa de Enol (2.486 metros) y después a Torre Santa (2.596 metros), donde Pidal se entretuvo mirando con sus anteojos. El Cainejo, por su parte, se tumbó y se durmió al instante, porque llevaba dos noches sin dormir, lo cual ya dice bastante del personaje.

Con aquellas dos ascensiones expres, ambos quedaron impresionados por las destrezas del otro. Tanto que el Cainejo pensó que, si había de intentar el Picu alguna vez, no habría mejor compañía que la del marqués.

La escalada

Dos días después de haber subido a Torre Santa y Peña Santa, Pedro Pidal y Gregorio Pérez, el Cainejo, se pusieron en marcha hacia su gran objetivo. Al llegar a Camburero, el pico apareció ante ellos, “cortao, liso y derecho por los tres costaos“, según contaría el Cainejo. El marqués sacó entonces sus prismáticos y comenzó a estudiar la montaña buscando un punto débil en la cara norte. En ese momento, unos pastores que pasaban por allí, extrañados al ver a don Pedro y su guía sin escopetas, les preguntaron en qué andaban metidos. Al saber de las intenciones de los dos hombres, los pastores se mostraron cuanto menos escépticos, pues en aquella época no era de recibo llamar loco a un noble.

A pesar de todas las advertencias, Pidal estaba convencido de que en la cara norte había una oportunidad. Había allí “un descanso o saliente de la peña en el primer tercio inferior de la misma, y dos grietas verticales hasta la cúspide”, observó. Enseguida se dio cuenta de que una de esas chimeneas era impracticable, pero con la otra, que era más marcada, la cosa no estaba tan clara, así que se acercaron para investigarlo.

Subieron por la canal de la Celada, que da acceso a la cara sur del pico y también a ese saliente que decía Pidal, y desde allí comenzaron a atravesar hacia la derecha por una serie de llambrias que se abrían al inmenso vacío de la cara norte. La roca era allí muy lisa, pero también muy adherente, así que avanzaron sin dejarse impresionar demasiado por el abismo.

La ruta Pidal Cainejo, con el flanqueo y la chimenea marcados.

Al llegar cerca de la base de la gran chimenea que parte la cara norte por la mitad, la cosa se puso realmente seria. La pared era totalmente vertical y el interior de la chimenea no presentaba tantos agarres como les hubiera gustado. Además, el entorno era muy aéreo. Cuesta creer, cuando se conoce el lugar, que aquellos dos hombres no se dieran la vuelta en ese mismo instante, que considerasen que aún era posible escalar por ahí, con solo una cuerda de pita como protección.

En ese momento es el Cainejo el que toma la iniciativa, se descalza y realiza un reconocimiento de la zona. Después vuelve junto al marqués y ambos se atan a cada extremo de la cuerda. Así comenzó la primera escalada del Naranjo, y seguramente una de las más demenciales, con un hombre descalzo en cabeza y todo un marqués detrás, en alpargatas; y entre ambos, tan solo una cuerda que no servía más que para unir sus destinos: si uno caía, caían los dos.

“De aquí no pasamos, don Pedro…”

Poco a poco el Cainejo fue progresando por la chimenea, salvando pasos que hoy sabemos que alcanzan el quinto grado de dificultad, y que aquí y allá obligan al escalador a sacar el cuerpo de la grieta, haciéndole ser consciente de que a sus pies hay una caída de varios cientos de metros. Por suerte para ellos, al poco de embarcarse en la escalada, la niebla se cerró en torno a la montaña, cosa que les libró de la impresión del vacío.

Cuando ya estaban bien alto, apareció ante ellos un obstáculo que, a primera vista, parecía insalvable. Se trataba de un saliente completamente liso que les cerraba el paso. “De aquí no pasamos, don Pedro…“, anunció el Cainejo, y ambos se quedaron bajo aquel bloque sin saber muy bien qué hacer y con la niebla disolviéndose ante ellos, lo que en poco tiempo les iba a permitir valorar el atolladero en el que se habían metido.

De repente Pidal encuentra una grieta que, si bien no sirve para avanzar, sí le permite afianzarse. Entonces, sin dar tiempo a que se temple el ánimo, le pide al Cainejo que trepe por su cuerpo. Se dice que la montaña iguala a los hombres, pero aquella escena en la que un humilde pastor pudo pisar la cabeza de un marqués sin que este protestara, debió de ser digna de verse. Finalmente el Cainejo consiguió salvar el obstáculo y, en cuanto ganó una posición más o menos estable, tiró de la cuerda para ayudar a Pidal a subir.

No tardaron en encontrar otro paso duro, que resolvieron de igual manera. A partir de ahí la chimenea comenzó a tumbarse y fue evidente que las dificultades habían terminado. Aquí las cosas volvieron a su equilibrio “natural” y fue el marqués el que tomó la delantera para convertirse en la primera persona en pisar la cima de la montaña.

Ya en lo alto, ambos se dejaron llevar por la euforia, comieron algo, se bebieron una botella de vino a medias y dejaron otra para quien se atreviera a repetir su hazaña. Y después, empezaron a pensar en el descenso.

El descenso

Lo más increíble de esta historia no es el hecho de que estos dos hombres, cuya valentía rozaba la inconsciencia, alcanzasen la cima del Naranjo por una vía que, hoy lo sabemos, no está ni de lejos entre las más fáciles. Lo realmente asombroso es que consiguieran descender por la misma vía ¡destrepando!

“¡Dios mío! ¿cómo subiría yo por aquí?”

Todo escalador sabe que destrepar es muchísimo más difícil que trepar, cosa que obliga mantener la cabeza fría y no escalar nunca un paso al límite, si se sabe que no se va a poder hacer un rápel a la bajada. Pidal y el Cainejo, o no lo sabían (tampoco sabían lo que era un rápel), o bien se dejaron llevar por la ambición, pero el caso es que, cuando se asomaron de nuevo a su vía con intención de bajar por ahí, la impresión que se llevaron fue tremenda.

Empezaron el descenso sin que la niebla les impidiera ya apreciar el vacío a sus pies. Además, como las bajadas obligan a mirar hacia abajo sí o sí, esa exposición pesaba sobre ellos a cada paso, aunque ambos habían bebido media botella de vino para templar los nervios. “¡Dios mío! ¿cómo subiría yo por aquí?”, se lamentó en Cainejo en un momento dado. Si en la subida fue su destreza la que marcó la diferencia, a la bajada fueron los conocimientos de Pidal los que les permitieron salir del aprieto. Al llegar a los pasos duros, el marqués empotró sendas piedras en unas grietas y, atando la cuerda a dichas piedras, pudieron descolgarse por ella.

Alcanzaron sin mayor novedad la base de la chimenea cuando ya anochecía, pero casi se pierden en las llambrias. Por suerte, el Cainejo, que era un hombre tremendamente observador, encontró las deposiciones de un vencejo en las que se había fijado a la subida, y supo orientarse. “¡Qué hombre!” escribiría Pidal, lleno de admiración. Horas más tarde, en mitad de la noche cerrada, ambos llegaron exhaustos a las cabañas de los pastores que habían tratado de disuadirles a la subida y que, seguramente, no daban crédito a lo que el marqués y el Cainejo les contaron.

Así terminó el acto fundacional de la escalada en nuestro país: con una hazaña muy adelantada a su tiempo, protagonizada por dos hombres que caminaron temerariamente por la fina línea que separa a los héroes de los necios; y con una botella de vino, en lugar de una bandera extranjera, sobre la cumbre ya no tan virgen del Naranjo de Bulnes.

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