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Tormenta sobre una montaña

Historia de una tormenta

Reportajes · 15/12/2018

Las montañas son fábricas de nubes y, como tales, a menudo nos ofrecen uno de los fenómenos meteorológicos más espectaculares que tienen lugar en nuestra latitud: la formación y apogeo de una tormenta eléctrica. Pero ¿cómo se forma una tormenta? ¿De dónde sale toda esa energía cuando al amanecer los cielos parecían anunciar un día espléndido? Y sobre todo… ¿qué hay que hacer para poder contarlo si tenemos la desgracia de asistir al espectáculo desde debajo?

Influenciados por los mapas del tiempo de los telediarios, con sus frentes dibujados como vistosas cadenas de colores, tendemos a pensar que las tormentas se forman siempre en algún lugar más allá del horizonte y que, desde allí, se acercan lenta y pesadamente hacia nosotros. Dicho de otro modo, nos gusta pensar que “no va a llover aquí si no ha llovido antes en Galicia”. Pero la realidad es bien distinta, especialmente si tenemos montañas cerca. Las cadenas montañosas no solo ejercen una influencia decisiva sobre los procesos meteorológicos, sino que a menudo son las causantes de los mismos. Y si hay un fenómeno sobrecogedor al que podemos asistir en esta parte del mundo (donde nos libramos de los más salvajes), ese es sin duda el una buena tormenta.

En principio solo hace falta que dos masas de aire, una cálida y húmeda, la otra fría y seca, entren en contacto para que se forme un tipo de nube conocido como cumulonimbo, señal inequívoca de que la naturaleza está a punto de darnos una lección de humildad. El proceso es tan rápido que se puede observar a simple vista, pero no por ello resulta menos enigmático ¿De dónde ha salido ese monstruo gris que vomita rayos y deja caer agua a mares, si al amanecer los cielos estaban despejados?

La respuesta a este misterio está en la termodinámica, y más concretamente en el fenómeno de la convección, dos términos que a buen seguro están haciendo que te plantees abandonar este artículo… ¡Pero espera! ¡Tenemos una gran historia que contarte! Es la historia de un hombre y una tormenta. Leyéndola, tal vez evites un día que te parta un rayo…

Un desastre en ciernes

Pongamos una cálida madrugada de agosto en el pirenaico valle de Aspe. La noche ha sido fría, de manera que el rocío cubre aún las praderas que se extienden como alfombras a los pies del impresionante Midi d’Ossau. Aunque es muy temprano, ya hay un montañero ascendiendo por las rampas que conducen al refugio de Pombie. Quiere coronar el pico en una sola jornada y todo parece indicar que será un buen día para hacerlo. De momento camina bajo un cielo limpio que apenas ha empezado a clarear por el este…

El impresionante Midi d'Ossau a punto de soportare una tormenta

Antes de llegar al collado desde el que se accede al refugio, el sol ya ha salido por detrás del pico Palas y empieza a calentar el mundo, obligando a nuestro montañero a desprenderse de algo de ropa. Estamos en agosto, de manera que no pasa mucho tiempo antes de que el calor empiece a ser intenso. Hacia las 9:00, los rayos que atraviesan la atmósfera ya llegan con la suficiente energía como para calentar la tierra. Por un principio de refracción, esta tierra recalentada caldea el aire que hay en contacto con ella y evapora las gotas de rocío que se depositaron sobre la hierba durante la noche. Toda esta humedad empiezan entonces a ascender, al ser el vapor de agua más ligero que el aire. El montañero no lo sabe todavía, porque el cielo aún está completamente despejado, pero el mecanismo que va a ponerle en graves aprietos dentro de unas horas ya ha echado a andar.

El aire recalentado gana más y más altura, pero a medida que lo hace penetra en un entorno cada vez más frío. La humedad que transporta con él comienza entonces a condensarse de nuevo, dando lugar, en un principio, a un pequeño girón blanco de aspecto inofensivo que cuelga del cielo. Pero esa mancha no es más que la señal visible de un proceso mucho mayor, que no podemos ver. Al ascender, la masa de aire cálido, ha dejado un hueco junto al suelo que hay que compensar de alguna forma. Como el aire frío es más pesado que el cálido, se crea una corriente descendente dirigida a cubrir ese vacío. Dicha corriente fría y seca circula junto a la columna de aire cálido y húmedo en ascenso, de manera que ya tenemos dos masas de distinta temperatura y humedad en contacto. El caldo de cultivo perfecto para una buena tormenta.

Nuestro montañero afronta ahora las tres chimeneas que dan acceso a la parte superior del Midi. Y mientras lo hace, a su alrededor más y más aire asciende recalentado y húmedo hacia la atmósfera, donde se enfriará, cederá su humedad y comenzará a continuación un rápido descenso hacia el suelo. Allí el proceso dará comienzo de nuevo y lo hará cada vez a mayor escala. Cerca del mediodía, de hecho, el calor es tan intenso que las masas de aire que se elevan desde el suelo son enormes; millones de metros cúbicos de aire caliente y húmedo están alimentando ya a una nube en forma de coliflor que crece a una velocidad asombrosa.

Un enorme cumulonimbo es fácilmente reconocible.

El fenómeno, además, no sólo aumenta en tamaño, también es cada vez más violento. El circuito de aire es tan rápido que, en la frontera entre la columna ascendente (húmeda y caliente) y la descendente (seca y fría) ha comenzado a generarse una cantidad tremenda de electricidad estática. Básicamente, ahora hay una bobina gigantesca suspendida en el cielo, la parte baja de la nube acumulando carga positiva, mientras que la parte alta se carga negativamente. Es una auténtica bomba de relojería flotante.

Poco después del mediodía esa bomba mide ya casi veinte kilómetros de altura. Es tan alta que su cima ha comenzado a achatarse, aplastada contra la frontera invisible que separa la troposfera de la estratosfera. Sus corrientes son tan violentas que los aviones comerciales que sobrevolaban la zona han comenzado a variar su ruta para evitarla. No así nuestro incauto montañero, que sigue ascendiendo incansablemente hacia la cima del Midi, ingorando las violentas rachas de viento que le avisan a gritos de que se dé la vuelta…

Un cumulonimbo grande es evitado incluso por los vuelos comerciales

Hacia las 13:00 horas nuestro hombre alcanza por fin la cumbre y, liberado ya de la tensión de la subida, se sienta a descansar y a admirar el paisaje. Un detalle curioso le llama la atención: los rebaños del valle están apiñados, en lugar de pastar dispersos por la pradera. No tiene demasiado tiempo para encontrar una explicación a este fenómeno, pues enseguida un destello y un estallido acuden como respuesta a sus preguntas. Al levantar la vista, descubre sobre él, a unos 2.000 metros de altura, la panza negra y electrificada de un cumulonimbo, un tipo de nube al que también se conoce como “la reina de las tormentas”, capaz de descargar agua a razón de ¡4.000 toneladas por segundo! Nuestro montañero no va guardar un buen recuerdo del Midi. Si es que guarda alguno.

Vivir para contarlo

Los montañeros con experiencia, los pastores y los habitantes de los pueblos de montaña, saben que una tormenta lanza muchas señales antes de liberar toda su energía. Si nuestro hombre hubiera estado atento a dichas pistas (la altura de la nube, su forma de coliflor o de yunque, el viento racheado, el ganado agrupado…), podría haber disfrutado de un gran espectáculo desde la seguridad del refugio de Pombie.

En lugar de ello, ahora está solo y asustado en la cima del Midi. Ante sí tiene 850 metros de desnivel y tres chimeneas que rapelar antes de alcanzar la seguridad del refugio. Por suerte para él, aunque reconocer las señales de lo que estaba ocurriendo no se le ha dado nada bien, sí que recuerda unos cuantos consejos sobre lo que hay que hacer en caso de tormenta…

Empieza por apagar el móvil y guardarlo en la mochila; sabe que andar por ahí con un receptor de ondas electromagnéticas en mitad de una tormenta no es buena idea. A continuación, y con gran pesar, deja en la cima sus bastones, la cantimplora de aluminio y cualquier otra cosa de metal. Alguien con suerte podrá disfrutar de ellos… a él le toca abandonarlos si quiere disfrutar de todo lo demás.

El siguiente destello le da una pista de cuánto tiempo le queda. Dividiendo entre tres el lapso (contado en segundos) que se produce entre el rayo y el trueno, obtiene los kilómetros a los que ha caído dicho rayo. No son muchos, así que no hay tiempo que perder, hay que descender cuanto antes.

Contar los segundos entre el rayo y el trueno nos permite saber a cuántos kilómetros ha caído

A pesar de las prisas por bajar, nuestro hombre sabe que no debe correr. Ha sudado mucho en la subida y su ropa todavía está húmeda. Si corriera, crearía corrientes de aire ionizado a su alrededor, algo conocido como streamers o trazadores de rayo. Mejor no dar pistas, así que no se deja llevar por el pánico, avanza a buen ritmo, pero no corre.

Cuando está rapelando la chimenea más alta, el agua empieza a caer a cántaros. Es un momento delicado, porque la escorrentía a menudo precipita rocas por aliviaderos naturales como ese. Nuestro montañero permanece atento, dispuesto a echar cuerpo a tierra a la mínima señal de desprendimiento.

Poco después, entre la segunda y la primera chimenea, descubre un abrigo natural. Es un gran bloque de piedra con un pequeño desplome en uno de sus ángulos. Podría resguardarse de la lluvia un rato, pero seguramente estaría haciendo un mal negocio. El bloque es muy grande y ofrece a cambio un resguardo muy pequeño. Un refugio no es válido en caso de tormenta eléctrica si no permite quedarse como mínimo a un metro e la entrada y de cada una de las paredes, y mucho menos si destaca sobre el entorno tanto como ese bloque. Así que sigue caminando.

De repente, justo por encima de la primera chimenea, nuestro montañero presencia un fenómeno extraño y aterrador. A unos cincuenta metros de él una de las viejas instalaciones metálicas de rápel ha comenzado a emitir destellos y zumbidos. Sin pensárselo dos veces, se quita la mochila, la lanza al suelo y se tumba sobre ella, boca abajo, intentando lograr algo de aislamiento. Bien visto, porque en cuestión de segundos un rayo impacta justo en los anclajes de la instalación.

Finalmente nuestro amigo alcanza el refugio de Pombie. Para entonces ya ha dejado de llover y los truenos suenan lejanos. Está empapado y asustado, pero sabe que ha tenido suerte. También ha aprendido una buena lección. Y ahora, además, tiene una gran historia que contar.

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