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El Fram varado entre los hielos

Fridtjof Nansen atrapado en el Ártico

Reportajes · 15/12/2018

En 1845, dos barcos de la armada británica al mando del capitán sir John Franklin se internaron en el Ártico canadiense en busca del mítico paso del noroeste y desaparecieron para siempre. Tres años más tarde se inició una de las mayores operaciones de rescate de la historia que, por ironías del destino, acabaría desencadenando una sucesión de nuevas catástrofes cuando las distintas naciones implicadas comenzaron a competir por alcanzar el Polo Norte. En mitad de aquella carrera plagada de desgracias destaca una gesta asombrosa protagonizada por dos hombres, Nansen y Johansen, y un barco, el Fram.

Casi medio siglo después de que Franklin desapareciera en los mares del norte, el récord de latitud más alta alcanzada jamás estaba en 83º 23,8’N. La expedición americana que lo había establecido (la de Adolphus Greely) había terminado con 18 de sus 24 miembros muertos, varios casos de canibalismo e incluso un fusilamiento. Y ese no era el peor saldo, a otras expediciones les había ido aún peor. Estaba claro que explorar el Ártico era un asunto arriesgado.

Uno de los mayores peligros a los que se enfrentaban los expedicionarios era el de quedar atrapados entre los hielos en mar abierto al llegar el invierno. Cuando eso ocurría, invariablemente, la presión de la banquisa, que es la capa de hielo marino que se forma en los océanos Ártico y Antártico, hacía pedazos los barcos y la situación se volvía crítica para los tripulantes.

Restos del Endurance, el bergantín del célebre Ernest Shackleton en el mar de Weddell, ya en pleno siglo XX.

Por eso todo el mundo se echó las manos a la cabeza cuando, en 1890, un zoólogo noruego propuso la idea más descabellada que pudiera imaginarse para alcanzar el polo: navegar hacia el norte hasta quedar atrapado premeditadamente por la banquisa polar y, después, limitarse a esperar tranquilamente a que ésta llevase a su barco de paseo por el Polo.

Fridtjof Nansen y el Fram

Fridtjof Nansen no era un simple científico anónimo cuando propuso su idea, era todo un atleta y una celebridad nacional. Por eso cundió el desconcierto cuando, en el apogeo de su popularidad, sorprendió al mundo con su absurda idea para llegar al Polo Norte.

Los noruegos, mejor que nadie, sabían que los barcos que quedaban atrapados por la banquisa en aguas abiertas acababan irremediablemente destruidos por la presión del hielo. Pero, curiosamente, fue justo uno de esos casos fatídicos el que hizo que Nansen concibiese su alocada idea.

El Jeannette, un barco americano (aunque de fabricación británica), había desaparecido al norte de Siberia en 1881, durante uno de tantos intentos de alcanzar el Polo Norte. Sus restos aparecieron ocho años más tarde al sur de Groenlandia, es decir, al otro lado del Ártico. Al tener noticia de este hallazgo, un doctor llamado Henrick Mohn postuló que la banquisa polar debía de circular del lado siberiano hacia el americano impulsada por corrientes marinas. Y fue al escuchar esta teoría cuando Nansen comprendió que podría aprovecharse esa deriva para viajar al Polo.

Obviamente, aunque la catástrofe del Jeannette hubiera servido para hacer un descubrimiento oceanográfico, también demostraba a las claras que no era posible que un barco “navegara” con la banquisa sin resultar destruido, así que la idea de Nansen seguía pareciendo absurda; pero éste también había pensado en eso. No hacía falta una nave que soportase la presión, dijo, sino una que escapase de ella. Imaginó un barco con el casco semiesférico que, al ser presionado por los costados, se desplazase hacia arriba de tal forma que, al cerrarse los témpanos bajo la quilla, la nave quedase varada sobre su superficie.

Fridtjof Nansen.

Por sorprendente que pueda parecer, Nansen consiguió reunir los fondos necesarios para llevar a cabo su arriesgada idea, así como la colaboración de un ingeniero naval que supo hacer realidad el barco que él había imaginado. Lo llamaron Fram (“Adelante” en Noruego).

La expedición

 El 24 de junio de 1893, tras tres años de preparativos, el Fram partió por fin de Noruega entre la euforia y el escepticismo. Rápidamente puso proa hacia el punto en el que el Jeannette había quedado atrapado doce años antes. A bordo viajaban Nansen, el capitán Otto Sverdrup y diez hombres más, todos ellos seleccionados cuidadosamente por el propio Nansen.

En septiembre de ese mismo año llegó la primera prueba de la expedición. El Fram estaba bien situado y la estación muy avanzada cuando los hielos comenzaron a cerrarse a su alrededor. Todo el mundo a bordo estaba expectante por saber si la idea de Nansen daría resultado. Al principio hubo varias embestidas y momentos en los que el barco se inclinó peligrosamente, pero al final quedó varado sobre la banquisa, tal y como estaba previsto. ¡Había funcionado! ya no quedaba más que esperar a que la deriva les llevase hasta el Polo Norte.

Durante aquel primer invierno todo transcurrió más o menos como debía. El Fram avanzó lentamente hacia el norte, si bien iba trazando enormes zigzags que desesperaban a Nansen. Con la llegada del verano, sin embargo, el noruego se horrorizó al comprobar que el Fram no sólo no avanzaba, sino que a veces deshacía durante días parte del camino ganado. Cuando durante el segundo invierno sobre los hielos se hizo evidente que la deriva no les llevaría directamente al Polo, Nansen tomó una decisión trascendental: abandonaría el barco acompañado de otro hombre e intentaría llegar al Polo Norte a pie.

Hay que tener en cuenta que, si la idea de dejarse atrapar por la banquisa ya había sido arriesgada, esta nueva ocurrencia rayaba en la locura. Como la deriva polar era constante e imprevisible, una vez que abandonasen el barco y recorriesen cierta distancia, estarían irremisiblemente perdidos y les sería imposible volver a encontrar el Fram, como no fuera de casualidad. Así pues, quienes trataran de llegar al Polo a pie debían contar con que, a la vuelta, tendrían que alcanzar la civilización por sus propios medios. Y la civilización estaba muy, pero que muy, muy lejos.

El Fram con su moderno aerogenerador.

La carrera hacia el Polo

 La segunda primavera encontró al Fram a 84,4ºN, una latitud mayor de la que nadie había alcanzado jamás. También encontró a Nansen desesperado por abandonar el barco y marchar hacia el Polo en compañía del compañero que había designado: un duro fogonero llamado Hjalmar Johansen.

Partieron el 14 de marzo de 1895. Consigo llevaban tanto equipo (incluidos dos kayaks) que fueron necesarios tres trineos y veintiocho perros para cargarlo. Ante ellos tenían 660km hasta el Polo y, después, otros 1.000km de vuelta a la Tierra de Francisco José, un archipiélago deshabitado donde, no obstante, confiaban en encontrar algún barco ballenero o foquero que los rescatase.

Al principio avanzaron a buen ritmo, sorprendiéndose de cubrir incluso más distancia de la que habían esperado. Pero no tardaron en saber que sus cálculos eran engañosos. Medían la distancia con un odómetro, un aparato que contaba sus pasos, pero como avanzaban sobre hielo en movimiento, a menudo debían andar quince kilómetros a cambio de ganar sólo cinco o seis de latitud real en dirección al Polo. Era como caminar sobre una cinta andadora gigante. Es más, cada vez que se detenían a descansar, retrocedían irremisiblemente. Por otra parte, la banquisa ártica no les puso las cosas fáciles. Debido a la presión, a menudo se forman en ella acumulaciones en forma de crestas de hielo, o canales de aguas abiertas que les obligaban a dar grandes rodeos; por no hablar de los muchos kilómetros que debieron desandar para hacer avanzar el tercer trineo. Todo ello hacía que su día a día resultase bastante extenuante.

Hjalmar Johansen.

Diez días después de haber abandonado el barco sacrificaron al primero de los perros, siguiendo el plan previsto. Su carne sirvió para alimentar a los demás animales. Mediante este cruel método evitaron tener que cargar con demasiada comida para los perros puesto que unos iban alimentando a otros a medida que eran necesarios menos animales, ya que la carga de la que debían tirar se iba reduciendo a medida que las provisiones para los humanos también menguaban.

A pesar de la extraordinaria determinación de la que hicieron gala, el 7 de abril, por fin, Nansen y Johansen comprendieron que no alcanzarían el Polo en condiciones de regresar y, al contrario de lo que haría Scott diecisiete años más tarde al otro lado del mundo, ellos se dieron la vuelta sin dudarlo. Habían alcanzado los 86º 13,6’N.

El regreso

En cuanto emprendieron el regreso, las cosas parecieron mejorar, pero fue sólo un espejismo. La deriva se invirtió, obligándoles otra vez a luchar contra el “efecto cinta andadora”, y el terreno estaba cada vez más roto. Pero el gran susto se lo llevaron cuando descubrieron que los relojes de ambos se habían detenido. Sin un reloj en hora resulta inútil tomar lecturas con el sextante para conocer la posición y, de repente, la posibilidad de pasar de largo la tierra de Francisco José y acabar en mitad del Atlántico, en dos frágiles canoas de piel, se hizo más real que nunca. Volvieron a poner los relojes en hora “a ojo”, y rogaron no estar muy equivocados.

El 22 de junio, finalmente, alcanzaron un témpano flotante y decidieron acampar sobre él con la esperanza de que los llevase hacia el sur. Pasaron un mes entero sobre aquel iceberg hasta que, finalmente, pudieron avistar una tierra desconocida que supusieron parte del archipiélago de Francisco José. Entonces sacrificaron a sus últimos dos perros, construyeron un catamarán con las dos canoas y los trineos cruzados sobre ellas, y se hicieron a la mar.

Navegando a bordo del catamarán improvisado.

Al llegar a la costa confirmaron que aquella isla no había sido cartografiada jamás. La bautizaron como Hvidtenland (‘Isla Blanca’) y se dispusieron a avanzar de isla en isla a lo largo de todo el archipiélago, en busca de algún lugar que figurara en los mapas. La sucesión de aventuras que vivieron aquellos días parece sacada de una novela de aventuras. Fueron atacados por un oso polar, debieron nadar en aguas gélidas para evitar perder las canoas y en varias ocasiones estuvieron a punto de zozobrar cuando las morsas que intentaban cazar les hicieron frente.

El progreso era muy lento, pues como no sabían dónde estaban, debían pensar cuidadosamente cada paso. Finalmente, el 28 de agosto, Nansen decidió detenerse para invernar una vez más, en esta ocasión sobre tierra firme. Entonces construyeron un precario refugio en el que apenas cabían los dos sentados y dedicaron varios días a cazar osos y morsas para tener algo que comer durante el largo invierno.

Poco después empezó su experiencia más atroz. Durante 8 meses se apiñaron en aquel refugio en total oscuridad y sin nada que hacer. Cada vez que cocinaban o querían iluminarse, debían respirar el repugnante humo de la grasa de foca que usaban como combustible. Y lo más que podían hacer con aquella luz era leer la misma carta náutica una y otra vez. Además, las temperaturas eran tan bajas que en una ocasión celebraron estar a tan sólo 12º bajo cero. Aunque hubo momentos en que no se soportaban mutuamente, lo cierto es que fue en este punto cuando por fin empezaron a dispensarse un trato familiar. ¡Hasta entonces se habían tratado de usted!

Con la llegada de la primavera repararon su equipo y siguieron avanzando incansablemente hacia el sur, saltando de isla en isla en un viaje que en sí mismo ya merecería figurar en los libros de historia de la exploración. Por fin, una mañana, tras varias semanas de marcha y navegación y sin saber aún dónde se encontraban, Nansen escuchó unos ladridos. Poco después, siguiendo aquel sonido, se encontró con un hombre; el primer ser humano que veía, aparte de Johansen, en más de un año y tres meses. Pronto supo que aquel hombre era Frederick Jackson, al que, casualmente, unos años atrás Nansen había rechazado para formar parte de la tripulación de Fram. Jackson no se había resignado y había organizado su propia expedición a la Tierra de Francisco José, ¡y ahora era él quien los salvaba del desastre!

Nansen y Jackson se saludan. Posado efectuado pocas horas después del encuentro real.

Nansen y Johansen estaban por fin a salvo, pero ahora se enfrentaban ahora a la perspectiva de volver a Noruega con una gran historia que contar, pero sin noticias de lo que había ocurrido con el Fram. Sin embargo, su llegada al país coincidió con la de un telegrama enviado desde las Spitsbergen en el que se decía que el Fram había tocado tierra exactamente donde él había previsto. Todos los miembros de la tripulación estaban en perfectas condiciones.

Fridtjof Nansen y Hjalmar Johansen fracasaron en su intento de alcanzar el Polo Norte, pero el relato de su fracaso constituye uno de los viajes más grandiosos de la historia de la exploración. Mucho más grande incluso que si la deriva hubiera llevado al Fram hasta el Polo Norte, como se esperaba que ocurriese. Y esa fue tan sólo la primera de las muchas páginas que Noruega iba a escribir en el libro de la exploración polar. Algún día hablaremos de otras.

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