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Katherine Switzer corriendo

Corriendo por la igualdad: Gib, Switzer y la maratón de Boston

Reportajes · 15/12/2018

La maratón de Boston, decana de todas las maratones del mundo, fue una prueba exclusivamente masculina durante 75 años. La historia de cómo esta carrera se abrió a las mujeres resulta inspiradora y nos enseña que, a veces, no hay que esperar a que las cosas cambien solas.

 

En el siglo XIX, cuando la bicicleta se convirtió en un vehículo popular, las mentalidades más reaccionarias corrieron a alertar al mundo de los efectos nocivos que podían derivarse de su uso… si quien pedaleaba era una mujer. Se decía que las bicicletas podían provocar en las mujeres esterilidad, abortos ¡e incluso la aparición de bigote! Por supuesto, a todo aquello había que sumarle el “evidente” carácter pecaminoso de contonearse a lomos de una bicicleta.

En 1895, a pesar de los desastres que, al parecer, podía comportar para su salud andar en bici, una inmigrante letona residente en Boston, de nombre Anie Cohen Kopchovsky, se subió a una bicicleta con la firme intención de dar la vuelta al mundo. Al hacerlo, Anie escandalizó a gran parte de aquella sociedad bienpensante… pero encandiló al resto.

El hecho de que alguien se tomara en serio las advertencias de que Anie pudiera regresar de su aventura luciendo mostacho, nos parece hoy en día algo absolutamente disparatado, pero desgraciadamente, no hay que remontarse tan atrás para encontrar ejemplos parecidos. De hecho, ni siquiera hay que abandonar Boston.

Apenas un año después de que la valiente Anie regresara victoriosa a la ciudad, tuvo lugar en Boston la primera edición del que hoy en día es el maratón anual más antiguo del mundo. La larguísima lista de males achacables a la bicicleta se trasladó entonces a la carrera y, en general, a cualquier esfuerzo físico prolongado llevado a cabo por mujeres (fuera del mundo laboral, claro). Las asociaciones de atletismo americanas corrieron a aprobar una norma según la cual las mujeres no podían participar en carreras de distancias superiores a los 2,4 kilómetros. Por su bien, evidentemente…

Anie Cohen posando para la posteridad

Bobbi Gibb

Casi setenta años después de la primera edición de la carrera, en 1966, una mujer llamada Roberta “Bobbi” Gibb, escribió a la organización de la maratón de Boston pidiendo permiso para participar en la prueba. Recibió una educada contestación del director de la Asociación Atlética de Boston, Wil Cloney, informándole de que su participación sería ilegal según la consabida norma nacional. Pero además, Cloney se permitió recordarle la incauta Gibb que las mujeres no estaban físicamente capacitadas para correr esa distancia. Bobbi, que llevaba dos años entrenándose para la prueba y que ya había corrido por su cuenta distancias de hasta 40 millas (¡64 kilómetros!) se dio cuenta entonces de que tenía un par de cosas que decirle al señor Cloney, y decidió decírselas corriendo.

Bobbi Gibb después de una carrera

La maratón de Boston cuenta con la particularidad de que puede correrse sin dorsal, sin renunciar por ello a aprovecharse de los puntos de avituallamiento. La marca de quienes se “apuntan” a esta modalidad no queda registrada, pero al no ser corredores oficiales, su participación tampoco está muy regulada. Se trata casi una tradición de la prueba bostoniana y a quienes corren así se les conoce como Bandits. Bobbi Gibb lo sabía, así que cruzó todo el país en autobús para presentarse en la línea de salida como una bandit más.

El día de la prueba se escondió entre unos arbustos cercanos a la salida, temerosa de que no la dejaran participar ni siquiera como bandit, y a la hora señalada saltó al circuito y comenzó a correr. En cuanto entró en el recorrido, Bobbi se quitó la sudadera y abandonó el incógnito: corrió con pantalón corto, camiseta y su larga melena rubia al viento.

Para su gran alivio, la sorpresa inicial de los demás corredores y del público al ver a una mujer corriendo dio paso enseguida a un apoyo entusiasta. Durante todo el recorrido, sus compañeros, bandits o no, la animaron constantemente, y la gente que estaba entre el público recordaría más tarde que su paso venía precedido por una ovación de la multitud. La prensa que cubría el evento enseguida se dio cuenta de lo que estaba pasando, y Gibb se convirtió rápidamente en la sensación de la maratón de Boston del año 66, aunque corriera sin dorsal. Si alguien en la organización pensó en echarla de la prueba, no tuvo valor para hacerlo. Para cuando alcanzó la meta, de hecho, el gobernador de Massachusetts, John Volpe, se había desplazado hasta allí para estrecharle la mano.

Gibb terminó su carrera con un tiempo de tres horas y veintiún minutos, demostrando no sólo que las mujeres podían correr una maratón, sino también que podían hacerlo más rápido que muchos hombres.

Bobbi Gibb llegando a la meta en 1966

Kathrine Switzer

Kathrine Switzer, otra mujer aficionada al running, se sintió inspirada por la historia de Gibb, pero pensó que la auténtica barrera de género caería cuando una mujer participara en la prueba con su propio dorsal. Persuadió a su entrenador, Arnie Brigs, que no estaba muy convencido de sus posibilidades, de que la ayudara a preparar la carrera para el año siguiente. Su novio, un corpulento jugador de fútbol americano llamado Tom Miller, se preparó también para correr junto a ella. Y a la vista de lo que iba a ocurrir, no fue una mala decisión.

Kathrine Switzer no pidió permiso a la organización, como sí había hecho Gibb, sino que se inscribió en la carrera utilizando sus iniciales, K.V. Switzer. Más adelante declararía que no lo hizo con la intención de engañar a los organizadores, aunque el nivel de premeditación de toda la operación haga que resulte difícil creerlo. El caso es que al “señor” Switzer le otorgaron el dorsal número 261.

El día de la carrera, Switzer se presentó en la salida escoltada por su entrenador y por su novio, que iban a correr toda la prueba junto a ella por lo que pudiera pasar. Eran muy conscientes de que, al contrario que Bobbi Gib, ellos no habían encontrado un vacío legal, sino que estaban incumpliendo flagrantemente las normas de la prueba.

 

Sal de mi carrera y dame ese maldito dorsal

Comenzó la carrera y todo parecía ir bien. Igual que le había ocurrido a Gib, que por cierto volvía a correr como bandit ese mismo año, el público y los demás corredores animaban a Switzer de forma entusiasta. En un momento dado, mientras pasaban por delante de un autobús lleno de periodistas , uno de los directores de la carrera, llamado Jock Semple, divisó a Switzer y no perdió la oportunidad de dejar una imagen lamentable de sí mismo para la historia. Semple saltó al circuito y persiguió a Switzer enfurecido, forcejeando para arrancarle el dorsal y tratando de sacarla de la carrera a empujones mientras gritaba “Sal de mi carrera y dame ese maldito dorsal”. La actitud del director no fue bien recibida por los demás corredores en general, pero fue muy, pero que muy mal recibida por Tom Miller, el hercúleo novio de Switzer que, de repente, se lanzó contra contra Semple y, de un empujón, lo mandó volando, casi literalmente, hasta la cuneta.

Secuencia completa del incidente Switzer/Semple

Todo esto había tenido lugar delante del autobús de prensa y quedó registrado hasta el último detalle. De repente, el ambiente se volvió muy hostil. Algunos de los periodistas la tomaron con Switzer, la increparon y le preguntaron de mala manera qué quería demostrar. En aquel momento, Kathrine fue consciente de la trascendencia de lo que estaba ocurriendo. A pesar de saber que estaba haciendo algo provocador, había comenzado aquella carrera sin demasiadas pretensiones; pero de repente sintió que, de alguna forma, estaba corriendo por sus derechos. Entonces se giró hacia su novio y le dijo: “Voy a acabar esta prueba aunque tenga que arrastrarme sobre las manos y las rodillas”.

Kathrine Switzer terminó la carrera en 4 horas y 20 minutos, conservando el dorsal 261 a pesar de los esfuerzos de Semple por arrebatárselo. Con ello se convirtió en la primera mujer en terminar aquella prueba como corredora inscrita. Bobbi Gib, la auténtica primera corredora del maratón de Boston, corrió aquel año en 3 horas y 27 minutos, sin ningún incidente.

Will Cloney, el director de la Asociación Atlética de Boston que el año anterior le había escrito a Bobbi Gibb para recordarle que tanto ella como el resto de las mujeres del mundo eran incapaces de correr una maratón, volvió a cubrirse de gloria al declarar sobre el incidente de Switzer que las normas estaban para cumplirlas y que, si Switzer hubiera sido su hija, él la habría azotado.

Pero el tren de la historia ya estaba en marcha y, finalmente en 1972, las normas cambiaron para permitir a las mujeres correr en la maratón de Boston y en cualquier otra prueba. Will Cloney seguía conservando su cargo cuando eso ocurrió. Más aún, los tiempos de las mujeres que para entonces habían corrido la maratón fueron convalidados, incluidos los de quienes corrieron como bandits, de manera que Bobbi Gibb se convirtió en la ganadora de las ediciones de 1966, 1967 y 1968. Switzer, por su parte, ganaría el maratón de Nueva York en 1974 y batiría su propio record en Boston al año siguiente.

Katherine Switzer se reconciló con Jock Semple en 1973, cuando por fin las mujeres fueron autorizadas a correr en la maratón de Boston

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