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Arranca la aventura del Annapurna

Crónicas · 24/07/2019

Terminados los trámites en Katmandú arranca por fin la aventura de Alberto Zerain en el Annapurna. Una aventura que se prevé de lo más íntima, en vista de que esta temporada la cara norte de la montaña está menos solicitada que de costumbre, algo que el alpinista alavés ve con buenos ojos.

Durante los últimos tres días, Alberto Zerain se han dedicado a recorrer Katmandú, una ciudad absolutamente caótica, haciendo todo tipo de gestiones y ultimando los detalles de su inminente salida hacia el Annapurna. El peregrinaje por la capital nepalí es un acto ineludible para cualquier expedición; hay que contactar con los enlaces locales, cerrar los permisos, comprar las provisiones, completar el material… Pero también es una ocasión inmejorable para recabar información de primera mano sobre el estado de la montaña. Y lo que ha descubierto Alberto de momento es fantástico: al parecer, apenas habrá gente en la cara norte del Annapurna esta temporada.

Ultimas gestiones en Katmandu.

Contando a Zerain y a su compañero, Jonatan García, en total serán sólo siete alpinistas, sin apoyo de ningún sherpa, los que se aventuren por este lado de la montaña. Se trata de algo excepcional, menos gente incluso que la que componía aquella primera expedición que puso a Herzog y Lachenal en la cima. Se da la circunstancia, además, de que dos de esos alpinistas son Nives Meroi y Romano Benet que, de conseguir la cima del Annapurna se convertirían en la primera pareja en culminar los 14 ochomiles juntos, un hito del que Alberto y Jonatan esperan ser testigos.

La perspectiva de una montaña no masificada y en la que todo el mundo es responsable de sí mismo resulta muy ilusionante para Alberto, que ya ha dado muestras sobradas de preferir las vías poco transitadas. No en vano ha conseguido varios de sus ochomiles en solitario y a menudo escoge rutas (como la arista Mazeno del Nanga Parbat o el corredor Hornbein del Everest) en las que encontrarse con alguien es una posibilidad más que remota. “Que estemos poca gente nos dará la posibilidad de hacerlo a nuestro estilo”, comentaba Alberto desde Katmandú.

Sin embargo, un campo base poco poblado también tiene sus desventajas. Estos últimos días Alberto y Jonatan han tenido que hacer malabarismos para poder llevar “un poco más de todo”. Y es que, según nos comentaba Alberto: “cuando hay poca gente en la montaña hay que llevar repuestos de cada cosa, más cuerdas, un botiquín más completo…”. Al no existir la posibilidad de reutilizar material de las expediciones que se retiran, ni de comprar cualquier cosa que se necesite sobre la marcha, la falta de repuestos puede dar al traste con la expedición de la manera más tonta; más aún en un lugar tan aislado como es la cara norte del Annapurna.

Comiendo, ayer, con Carlos Soria y compañía, y aprovechando para intercambiar información.

Una montaña poco transitada da seriedad a la ascensión, porque cualquier pequeño problema se puede convertir en algo grave

Una montaña para alpinistas

Se ha dicho a menudo que el Annapurna es un ochomil para alpinistas. Los riesgos objetivos de la cara norte y las increíbles dificultades técnicas de la cara sur, hacen que esta sea una montaña “libre” de expediciones comerciales. En el Annapurna no existen las cuerdas fijas continuas con las que las “comerciales” cosen otras montañas; aquí uno tiene que hacerlo todo, tiene que pelearse la cima. Y, por supuesto, el nivel de compromiso es mucho mayor. “Una montaña poco transitada da seriedad a la ascensión, porque cualquier pequeño problema se puede convertir en algo grave”, comentaba Alberto desde Nepal. En este caso, además, es posible que al final de su expedición ambos sean los únicos alpinistas que queden en la norte del Annapurna, pues ya hay gente trabajando en la montaña.

Sin embargo, esto no es necesariamente algo negativo. Alberto Zerain sabe mejor que nadie que no depender de lo que hagan otros también tiene sus ventajas. En 2008, mientras intentaba el K2 en solitario, tomó una decisión difícil de comprender a priori: se quedó a pasar la noche previa al ataque a cumbre en el campo 3, con lo cual dejaba para el día de cima un desnivel desmesurado. Lo hizo para no coincidir con los más de 30 escaladores que, de manera bastante desordenada, hacían noche en el campo 4. Su decisión no tardaría en mostrarse como un acierto. Al día siguiente, mientras él hacía cumbre y descendía sin contratiempos, el caos se adueñó del otro grupo y el retraso acumulado acabó desembocando en tragedia.

La infame cara norte del Annapurna con su famosa hoz a la vista.

Siempre puedes animarte a escalar una nueva ruta y alejarte así de los grupos

El encanto de la soledad

Por encima de todo lo que racionalmente se pueda argumentar a favor o en contra de la escalada en solitario, hay algo en esta forma de montañismo que resulta muy atractivo para los alpinistas. Al fin y al cabo, si se valora tanto el estilo como el objetivo (o sea, la cima), la soledad, el compromiso y la exigencia de autosuficiencia no pueden sino sumar. “A mí personalmente me gustan más las expediciones en las que encuentras la montaña poco transitada, cosa que a veces es difícil. Claro que siempre puedes animarte a escalar una nueva ruta y alejarte así de los grupos”, nos comenta Alberto.

Hay incluso quien ha hecho de las ascensiones en solitario su marca de la casa. Es el caso de Renato Casarotto, para quien escalar en solitario fue casi una norma. Según él, “solo, sientes la montaña con más intensidad, es una satisfacción casi de fantasía. La soledad no me mata poco a poco. Todo lo contrario, me abre un horizonte más grande”.

Otro amante de la soledad, seguramente el más célebre, fue Reinhold Messner. Probablemente sus dos ascensiones más memorables fueron las que llevó a cabo en el Nanga Parbat en el 78 y el Everest en el 80. Claro que, en su caso, al hecho de haberlas completado en solitario hay que añadir el que lo hiciera abriendo vías nuevas y sin oxígeno.

Clásica foto de Messner en la cima del Nanga Parbat en solitario.

Mucho antes que ellos, en los años 50, Herman Buhl se había convertido en el único alpinista en apuntarse la cima de un ochomil virgen en solitario, también en el Nanga. Sobre el alpinismo en solitario declaró: “Probablemente no hay nada mejor que escalar libremente, sin el lastre del equipo, confiando en ti mismo, concentrado en cada paso, sintiendo la roca bajo tus dedos y tus pies”.

El Annapurna, tan peligroso como es, también ha conocido a célebres escaladores solitarios. Tomaz Humar firmó su última gran ascensión en esta montaña, con una escalda en solitario por la impresionante cara sur, un nivel de compromiso que rallaba en la locura.

Es cierto que durante el próximo mes Alberto no estará solo. Junto a él estará Jonatan García. Sin embargo, ambos, podrán enfrentarse a la gigantesca cara norte del Annapurna prácticamente como si se tratase de una montaña remota de las cordilleras del Tian Shan o del Pamir. Solo que se trata de un ochomil. Del más peligroso, nada menos.

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Alberto Zerain Annapurna Nepal
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