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Annapurna cara sur

Annapurna, primer ochomil

Reportajes · 24/07/2019

A finales de los años 40 Francia era un país devastado material y moralmente, dependiente de las ayudas norteamericanas y enfangado en guerras inútiles con las que trataba desesperadamente de mantener su imperio colonial en descomposición. No parecía haber nada a lo que el orgullo nacional pudiera asirse para salir del agujero al que lo habían mandado los alemanes en 1940. Los franceses estaban más necesitados que nunca de una gran hazaña que reparara su maltrecha autoestima. Y fueron a encontrarla en algo que ellos mismos habían inventado hacía tiempo: el alpinismo.

Una noche de principios de 1950, Lucian Devies, presidente del Club Alpino Francés reunió a algunos de los mejores alpinistas del país en las oficinas de la asociación y les comunicó que Francia iba a ser la primera nación del mundo en apuntarse una cumbre de ocho mil metros. Otros países lo habían intentado sin éxito antes que ellos (en un total de 22 expediciones a distintos ochomiles, nada menos), pero ellos triunfarían donde otros habían fracasado. Debían hacerlo.

Lamentablemente, los hechos no parecían ser tan prometedores como las intenciones. Los franceses habían conseguido permisos del gobierno de Nepal para intentar dos ochomiles, el Dhaulagiri (8.167m) y el Annapurna (8.091m), de los que apenas se sabía nada. Nadie conocía el camino hasta su base (si es que lo había), y mucho menos aún hasta la cima. Tampoco contaban con demasiado tiempo. A principios de junio el monzón se abatiría sobre la zona haciendo imposible cualquier intento, y a falta de cinco meses para esa fecha, ellos estaban allí sentados, conformando aún el equipo.

El equipo

Puede que la apuesta de Devies tuviera mucho de sueño, pero había algo que era innegable: El grupo que había reunido para este intento era el mejor que pudiera imaginarse. Louis Lachenal, Gaston Rébuffat y Lionel Terray, tres de los mejores alpinistas de la época, todos ellos guías de Chamonix con mucha experiencia, serían el alma de la expedición. El resto del grupo lo formarían personas con cierta experiencia en montaña, pero que destacaban más por su formación: había un ingeniero, un físico, un médico, un fotógrafo y un diplomático que ya se encontraba haciendo gestiones en la India.

Herzog, Lachenal, Terrai y Rébuffat

Lo más sorprendente fue la elección del líder. Maurice Herzog era un aficionado a la montaña con cierta experiencia, pero poco más. Si le ofrecieron el mando fue por su indiscutible madera de líder. Durante la segunda guerra mundial había luchado con la resistencia y llegó a ser capitán de un batallón durante la batalla de los Alpes (1944-1945). Tenía un carisma increíble (había dirigido un grupo de comunistas siendo él el único no comunista del grupo) y, como jefe, su palabra era ley. Devies sabía que un líder fuerte era vital cuando se trataba de gente tan poco dada a respetar jerarquías como los montañeros y pensó que Maurice Herzog sería el líder perfecto. El tiempo le daría la razón.

Abrumado por la responsabilidad, Herzog dedicó las siguientes semanas a leer todo lo que pudo sobre los intentos previos de escalar ochomiles y extrajo una conclusión muy valiosa. A su parecer, todas las expediciones anteriores habían sido muy lentas y sus alpinistas se habían visto expuestos a la altitud durante demasiado tiempo. Para él era evidente que esto los había debilitado y había mermado sus posibilidades de hacer cumbre. Por eso decidió que ellos lanzarían un ataque rápido. Lo que no sabía era que no les iba a quedar más remedio.

Dhaulagiri inexpugnable

El 5 de abril, los expedicionarios (9 en total) entraron por fin en Nepal a través de la frontera India. Iban acompañados por ocho sherpas y decenas de porteadores que cargaban con unas seis toneladas de material.

Al llegar a un alto en la localidad de Tansen pudieron ver por primera vez lo que les esperaba, y la vista les quitó el aliento. Había montañas donde deberían estar las nubes; tan blancas y enormes que parecían un añadido que alguien hubiera pegado detrás del horizonte.

Himalaya desde las cercanías de Tansen

Desde allí la caravana avanzó por la garganta del río Gandaki hasta alcanzar la localidad de Tukuche el 21 de abril. Ahora tenían a un lado el Dhaulagiri, objetivo principal de la expedición y al otro el Annapurna. A partir de allí los mapas ya no servían. Tendrían que ser ellos mismos quienes encontraran un camino hasta la base de alguna de las dos montañas.

Comenzaron con la exploración del Dhaulagiri inmediatamente, pues era el más alto de los dos y el que quedaba más cerca. No tardaron en descubrir que el objetivo les venía grande. Hacia el norte y el este la montaña no ofrecía debilidades, todo eran enormes paredes y glaciares inexpugnables. Sospechaban que el lado oeste era más amable, pero no podían permitirse el lujo de desplazar hasta allí todo el material con el monzón a la vuelta de la esquina, así que lo descartaron. Por último, Lachenal, Rébuffat y Noyelle (el diplomático), desecharon la cara sur en cuanto pudieron posar la vista en ella; era un monstruo de dos mil metros verticales destinado a generaciones posteriores, gente como Messner, Humar o Stane Belak.

Impresionante cara sur del Dhaulagiri.

Todos habían hablado y habían sido escuchados, ahora me tocaba a mí tomar la decisión

De vuelta en Tukuche, el grupo se reunió para valorar la situación. Lachenal y Terray querían darlo todo en el espolón norte al que ya habían dado un tiento y consideraban viable, pero Herzog pensó que era una pérdida de tiempo y anunció que se marchaban al Annapurna. Los demás no lo comprendieron, ¿ponerse a explorar otra vez a aquellas alturas? Pero el jefe lo tenía claro: “Todos habían hablado y habían sido escuchados, ahora me tocaba a mí tomar la decisión”. El líder que Devies había supuesto que sería salió a relucir y Herzog cambió el destino de la expedición. La historia le daría la razón. El Dhaulagiri fue el penúltimo ochomil en ser conquistado, pero hubiera sido el último de no ser porque los chinos cerraron los accesos al Shisha Pangma. En cuanto a la vía que querían intentar Lachenal y Terray, habría que esperar hasta 1996 para que alguien pudiera solucionarla por fin.

Annapurna relámpago

De momento era 14 de mayo y volvían a estar como al principio. Apenas tenían información sobre el camino hasta la base del Annapurna y pronto descubrieron que la que tenían era errónea. Se abrieron paso a través de selvas y glaciares, yendo y viniendo en un desesperante juego de “prueba y error” (uno de esos errores, por cierto, fue el descubrimiento del imponente lago Tilicho) hasta que dieron con el camino correcto.

El día 24 de mayo los expedicionarios estaban por fin en el campo base, al pie de la montaña, cuando llegaron noticias desde la India: El monzón había llegado a Calcuta y se esperaba que les alcanzase en menos de quince días. Quince días para escalar un ochomil en el que apenas habían puesto los pies.

Uno de los campamentos de la expedición.

Empezaron a equipar la vía de forma frenética, haciendo porteos sin parar, muy conscientes del poco tiempo que tenían. Enseguida quedó claro que los dos escaladores más fuertes del grupo eran Terray y Herzog, y parecía evidente que serían ellos quienes finalmente atacarían la cima. Sin embargo, Terray, dando un gran ejemplo de compromiso, decidió salir a portear mientras Herzog descansaba, con lo que acabó durmiendo en otro campo de altura. Fue así como Lachenal se vio pasando la noche previa al ataque a cima con el líder, en el campo V, el más alto.

Al día siguiente, 3 de junio, ambos salieron hacia la cumbre. El frío era inmenso; de hecho, Lachenal, que tenía mucha más experiencia que su compañero, vio enseguida que podía ser un problema. Se detuvo y le confesó a Herzog que temía congelarse. Luego preguntó: “si me doy la vuelta ¿qué harás tú?”, “Seguir adelante”, contestó aquel. Así que ambos continuaron hacia la cumbre.

Ascendieron lentamente, sin apenas comunicarse. Se turnaban en cabeza y se detenían frecuentemente para tomar aire, pero no volvieron a plantearse darse la vuelta. Al frío se sumó el viento, que les gritaba para que volvieran atrás, pero ellos lo ignoraron.

Para cuando llegaron a la cima, Herzog sufría alucinaciones. Ambos habían tomado anfetaminas (en aquella época se consideraba un buen remedio contra la altitud) y no había mucho oxígeno allí arriba, así que el líder sufrió un tremendo arranque de euforia. Después de tomarse las fotos de rigor (la de Lachenal quedó desenfocada) Herzog se sentía en el cielo. Su compañero, en cambio, mantenía la cabeza fría y era perfectamente consciente de lo que tenían alrededor: una tormenta en ciernes.

El guía insistió primero y rogó después para que iniciaran el descenso, pero el líder remoloneaba en la cima como un niño. Finalmente, Lachenal se hartó y comenzó a bajar por su cuenta. Poco después Herzog se dispuso a seguirle, pero mientras guardaba la cámara perdió los guantes, que se deslizaron ladera abajo. Estaba tan ido que ni siquiera recordó que podía protegerse las manos con los calcetines de repuesto que llevaba en la mochila. Fue en ese momento cuando su sueño se convirtió en pesadilla.

Herzog ondea la bandera francesa en la cumbre.

Huir hacia la vida

Herzog bajó dando tumbos por la montaña. A esas alturas la tormenta ya rugía a su alrededor y era incapaz de ver a su compañero ¿Dónde estaba? ¿Iba bien? No podía saberlo. Cuando alcanzó el campo V descubrió que Terray y Rébuffat estaban allí para lanzar su propio ataque al día siguiente y, al ver la mirada de estos, Herzog tomó conciencia de la gravedad de su situación. Tenía las manos y los pies irremediablemente congelados, estaba destruido físicamente, no razonaba bien, apenas podía hablar…. y no había rastro de Lachenal.

El guía apareció poco después. Se había deslizado pendiente abajo durante 100 metros y había conseguido detener su caída de puro milagro. Él también tenía los pies congelados y estaba al borde del agotamiento, pero sobre todo estaba muy asustado, casi histérico. Con los pies en su estado era consciente de que se estaba jugando la amputación y quería seguir descendiendo a toda costa. Por suerte para él, sus amigos le convencieron de que la tormenta y la noche lo matarían y juntos se prepararon para pasar una noche terrible en el campo V.

Al día siguiente la situación no hizo más que empeorar. Los cuatro iniciaron el descenso en mitad de un cegador manto de niebla que les impedía orientarse. Herzog y Lachenal llevaban 48h sin dormir y sin comer apenas, tenían congelaciones serias y necesitaban ayuda para descender. Terray, que iba en cabeza se esforzaba en vano por encontrar el camino. Al final, desesperado, se arrancó las gafas. Rébuffat hizo lo mismo poco después.

La oscuridad los cogió en mitad de la nada, así que no tuvieron más remedio que refugiarse en una grieta en el hielo. Pasaron aquella segunda noche en vela, masajeando los pies de Lachenal y Herzog. Al amanecer, cuando la luz les hizo recuperar las esperanzas de vivir, oyeron un terrible rugido y enseguida se vieron sepultados dentro de la grieta por una avalancha que había bajado barriendo toda la ladera. Lucharon desesperadamente para liberarse de aquella trampa y, cuando lograron salir al exterior, agotados, Terray y Rebuffat se dieron cuenta de que sufrían ceguera de las nieves por haberse quitado las gafas el día anterior.

Ciegos, congelados, extenuados y totalmente desquiciados, iniciaron un descenso delirante que seguramente, pensaron, les conduciría a la muerte. Todo parecía perdido para ellos cuando Marcel Schatz, el físico del grupo, asomó la cabeza por detrás de un serac. Poco después se les unió Jean Couzy, el ingeniero, con dos Sherpas, lo cual les hizo recuperar las esperanzas. Pero el Annapurna aún les daría un último susto. Cerca ya del campo base se desencadenó otra avalancha que se llevó por delante a Herzog, Rébuffat y a dos sherpas. Cuando la nieve se detuvo, el líder de la expedición estaba colgando boca abajo de una cuerda, suspendido en el vacío y deseando que la muerte lo liberase de su dolor.

Terray y Rébuffat afectados por la ceguera.

Pero aún le quedaba mucho dolor por sufrir. Cuando finalmente alcanzaron el campo base, Jacqes Oudot, el médico de la expedición, descubrió que tenía una tarea muy desagradable por delante. Durante los siguientes días, mientras los sherpas se afanaban por sacar de aquel infierno a aquella panda de franceses incapacitados, Oudot se vería obligado a ir amputando sin anestesia, uno a uno, todos los dedos de Maurice Herzog y los dedos de los pies de Lachenal.

Jacques Oudot tratando a Herzog.

El Annapurna fue el primer ochomil en ser escalado y el único en ser conquistado al primer intento. El tiempo determinaría el verdadero valor de esta expedición al situar a esta montaña como la más peligrosa de las catorce, la que cuenta con menos ascensos y más víctimas en relación con los intentos a día de hoy. Puede que, después de todo, Herzog y Lachenal, que volvieron de allí sin dedos, tuvieran mucha suerte. Francia, desde luego, pudo sentirse orgullosa.

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