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agur zerain

Agur Alberto

Crónicas · 03/07/2017

No ha podido ser, la montaña, a la que Alberto Zerain acudió con pasión durante toda su vida, lo ha reclamado definitivamente para sí. Nuestro compañero y amigo descansa ahora en lugar bello como pocos, la impresionante arista Mazeno del Nanga Parbat, la más larga y una de las más elegantes que pueden encontrarse en los ochomiles; un filo al que sólo unos pocos elegidos, como él, han tenido el privilegio de poder acercarse.

El legado que deja va mucho más allá de unas cuantas ascensiones notables, deja en quienes le conocimos un recuerdo de generosidad, sencillez y cercanía; la huella de un hombre que trató a las montañas como trataba a las personas, con humildad y, sobre todo, con honestidad.

Una vida de montañas

Alberto Zerain se acercó por primera vez a las montañas con la intención de observarlas por dentro. Cuando tenía dieciséis años, fascinado por una visita con amigos a las cuevas de los Goros, se afilió al grupo de espeleología Manuel Iradier. Las entrañas de los montes, de las que solo guardaba buenos recuerdos, no tardaron en quedársele pequeñas; apenas dos años después, los asiduos a las zonas de escalada cercanas a Vitoria podían encontrárselo supliendo con tesón e ilusión la falta de material adecuado para trepar por las vías más complicadas.

De ahí a Pirineos y después a los Alpes, sólo había un paso, aunque para un joven con más confianza que medios, fue más bien un salto al vacío.  “Cuando fui a Alpes —contaba—, el material cutre que tenía para lo que pretendía escalar allí hacía descabellada cualquier idea que tuviera”. La falta de material adecuado no fue excusa para que durante aquel primer viaje a los Alpes dejara de apuntarse ocho vías de dificultad y quedara irremediablemente enganchado a las montañas.

En 1983, con veintidós años, cruzó el océano buscando nuevos horizontes recortados de montañas y, sin saber muy bien qué hacer, aterrizó en la Cordillera Blanca de Perú. “Creí que había encontrado el paraíso”, dejó escrito sobre los Andes. No fue lo único hermoso que encontró en el país andino; Perú también le regaló a Pati, la mujer que llenaría el resto de su vida.

Era inevitable que la progresión que, sin saberlo, estaba llevando Alberto, acabase en un lugar en el que las montañas comienzan donde en el resto del mundo acaba: el Himalaya

El 16 de mayo de 1993, en su primera visita a la cordillera por excelencia, Alberto se convirtió en el primer alavés en coronar el techo del mundo. El Everest fue para él como un sueño a la vez cumplido y cargado de promesas: a partir de entonces sería alpinista de altura, un himalayista; pero fue también, en parte, una pequeña espina clavada muy hondo: había subido el Everest con oxígeno, fue su único pecado. El hecho de que apenas hiciera cinco años que los mejores alpinistas del mundo hubieran demostrado que era posible escalarlo sin oxigeno suplementario no le sirvió de consuelo; quería ajustar esa cuenta algún día. Lo intentó otra vez en 2000 y en 2010. No lo consiguió.

Zerain nunca fue un alpinista de masas. Durante años no contó con grandes patrocinadores ni con una presencia permanente en los medios especializados. Ni siquiera vivió de la montaña: era transportista. Sus cumbres no empezaban con una marcha de aproximación; comenzaban trabajando duro, juntando ahorros, juntando vacaciones… Sin embargo, en el mundillo alpino todo el mundo sabía que ‘el Zeras’ era uno de los montañeros más fuertes y más fiables del país. Alguien que, si estaba al otro lado de la cuerda, ofrecía garantías.

Después del Everest llegaron el Makalu (1995), el Lhotse (2001) y los dos Gasherbrum (2006). En 2008 lo encontramos en el K2, en una temporada que se haría tristemente célebre por el número de víctimas que se produjeron en una sola jornada (11), pero que también es el reflejo perfecto de la personalidad de Alberto.

Al no contar con tantos recursos como el resto de las expediciones concentradas en la zona, Zerain hizo un trato con un sirdar pakistaní, Shaheen, por el que se comprometía a trabajar como porteador de altura a cambio de un emplazamiento para su tienda en los campos de altura. Ver a un occidental trabajando humildemente, codo con codo, con los trabajadores de la montaña es algo inaudito con lo que se ganó el respeto de todos los escaladores locales. Pero más asombro les causó su forma de escalar. Chhiring Sherpa, un trabajador nepalí que pudo verlo en acción, declaró que nunca hasta entonces había visto a un europeo capaz de escalar como un sherpa.

El día anterior al ataque a cima juzgó correctamente la situación: “demasiada gente, demasiada ambición”. Decidió apartarse del pelotón, aunque eso supusiera añadir mil metros de desnivel el día de ataque a cima. Acertó. Subió rápido y bajó seguro. Ni siquiera llegó a enterarse de lo que había ocurrido hasta que llegó al campo base.

Al año siguiente coronó el Kangchenjunga y al siguiente intentó de nuevo el Everest por el corredor Hornbein. Aquí, una vez más, volvió a demostrar ser un alpinista prudente. A pesar de que alcanzar el Everest sin oxígeno era una secreta obsesión, no dudó en darse la vuelta nada más ver las condiciones del corredor.

En 2011 se acerca por primera vez al Nanga Parbat. No mira la cima, él sólo ve la interminable y esbelta arista de perfil aserrado que avanza de oeste a este como si fuera un brazo en el que se apoyase la montaña: la arista Mazeno. Allí, Txingu Arrieta y él se inventan una vía de 1.800 metros que asciende desde el valle de Diamir hacia el filo de la arista. No hay cima, no hay victoria, sólo 1.800 metros de una vía nueva que es una obra maestra de la dificultad.

Las cumbres de los ochomiles volverían en el marco de un proyecto que, en principio, no le pertenecía. Con 2x14x8000, Juanito Oiarzabal buscaba culminar la segunda repetición de los catorce. Alberto fue el hombre elegido para acompañarlo, la garantía. Sin embargo, los problemas de salud de Oiarzabal hicieron que Zerain recogiera el testigo del proyecto. A partir de ese momento, las cumbres comienzan a caer una tras otra. En el Dhaulagiri, en la primavera de 2016, conoce a Mariano Galván, el argentino callado e irreductible que devora montañas. En otoño de ese mismo año acuden juntos al Manaslu. Ambos lo ascienden, aunque en ataques separados.

Hace apenas dos meses, Alberto estaba de pie sobre la cumbre del Annapurna. Lo había escalado por la vía francesa original, una vía en deshuso por su extrema peligrosidad. Ya entonces tenía en mente cuál sería su siguiente paso y con quién lo daría. No sería el Everest, su eterna deuda pendiente, sería la Mazeno. Otra vez la Mazeno. Aquella arista perfecta, como dibujada por un artista, en la que se apoya el Nanga Parbat. Mariano Galván lo acompañaría, ya lo habían hablado.

 

No ha podido ser. Y los que tuvimos el honor de conocerles les echaremos de menos.

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Alberto Zerain Alpinismo Nanga Parbat Pakistán
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